75 años

El nacimiento de la Acción Católica en su contexto socio – religioso

Introducción

            Hace apenas seis años celebrábamos un jubileo con el cual queríamos conmemorar los dos mil años de historia del Cristianismo. Convocado por el inolvidable Padre y Pastor que fue el Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente (1994), el Pontífice nos estimulaba  a hacer “memoria” de la historia de la Iglesia y también nos invitaba a celebrar por el gran don que, en la plenitud de los tiempos, la Encarnación de Jesucristo significó para la humanidad. Junto con ésta, que podríamos llamar “memoria celebrante”, el Santo Padre nos invitaba a revisar nuestro pasado eclesial ya que era justo –subrayaba el Papa– que mientas el segundo milenio del Cristianismo llegaba a su fin, la Iglesia asumiera una conciencia más viva del pecado de sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia se habían alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio...; El Papa nos invitaba, pues, a ejercer no sólo una “memoria celebrante”, sino también a cultivar la que podríamos denominar como una “memoria penitente y confesante”. Nuestros obispos, por su parte, nos recordaban que es precisamente la “memoria” del pasado cristiano la que nos permite fundar una auténtica “esperanza” en el futuro.

En la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte del año 2001, el Papa Juan Pablo recogía ya los primeros frutos de ese “ejercicio de la memoria” recordándonos que “la memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera o de otra han sabido vivir el Evangelio... incluso hasta dar su propia sangre como prueba suprema”; la “memoria del pasado” se convertía así en “profecía del futuro”.

La Acción Católica Argentina está cumpliendo sus primeros setenta y cinco años de existencia; esto quiere decir que nuestra Institución está viviendo su propio tiempo jubilar. Creo que, siguiendo las mismas líneas maestras trazadas por Juan Pablo II, un fruto riquísimo de nuestras celebraciones jubilares, enmarcadas en el cuadro de la celebración de su XXV Asamblea Federal, podría consistir en hacer nuestro propio ejercicio de una “memoria celebrante y penitente”, reconociendo también nosotros los dones recibidos y los errores cometidos durante estos setenta y cinco años de existencia. Entonces también para la Acción Católica Argentina la “memoria del pasado” se convertirá en fundamento y presupuesto de nuestra “esperanza de futuro”.

La breve reflexión que pretendo iniciar, debería articularse con la que desarrollará en esta misma publicación el Pbro. Luis Casella, Asesor Nacional del Área Adultos. Me propongo ante todo reflexionar sobre el sentido que tiene el hacer un “ejercicio de la memoria” para nosotros tanto como grupo humano, cuanto, principalmente, como Institución eclesial.

Según mi modo de ver, la reflexión debería articularse en tres grandes focos de pensamiento: descubrir qué sentido tiene hacer memoria desde una perspectiva puramente humana y también teológica; adentrarnos luego en las circunstancias socio religiosas en las que nació la Acción Católica a nivel mundial, dejando al P. Casella la profundización de la historia específica de la Acción Católica en nuestro país.

¿Por qué hacer historia? Presupuestos sociológicos

            Frecuentemente, cuando se intenta presentar un análisis de la realidad, particularmente cuando tal análisis está ligado a un evento conmemorativo, se acostumbra anteponer al tema central algunas consideraciones de tipo histórico. Lamentablemente, no siempre se profundiza en el sentido que tiene hacer tal tipo de consideraciones, y tal vez por eso mismo, frecuentemente no pasan de ser consideraciones meramente superficiales; de hecho, en muchas publicaciones “se estila” anteponer un breve resumen del pasado antes de adentrarse en lo que “realmente se considera importante”. Sin pretender pronunciar la “última palabra” sobre el tema ni considerar todos los aspectos posibles, me propongo ampliar nuestra visión al respecto. Para ello intentaré desarrollar mi pensamiento como en una especie de “espiral” en el que, partiendo de los que podríamos considerar como una dimensión más “sociológica”  vayamos profundizando hasta alcanzar una visión más estrictamente “teológica” e incluso “espiritual” de la historia, de nuestra historia institucional.

Desde un punto de vista meramente sociológico y humano el “hacer historia” (entendiendo por tal la actividad que nos impulsa a recoger la memoria del pasado) se nos presenta como una necesidad absoluta para toda institución humana. Desde esta perspectiva podríamos comenzar estableciendo una especie de ecuación de proporcionalidad y afirmar que “la historia es a las instituciones lo que la memoria es a los individuos”. Entonces, podríamos definir a la historia como la “memoria social”. Ahora bien, preguntémonos que le sucedería a un individuo si a causa de una grave enfermedad perdiera su memoria por competo, hasta el extremo de padecer una amnesia total; pensemos en alguien que olvidase su nombre y el de sus ancestros, que no pudiera recordar sus gustos y preferencias, sus inclinaciones naturales, las cosas que le repelen y, apurando bastante el ejemplo, olvidase cómo debe hacer incluso para vestirse o nutrirse; la respuesta es clara, de algún modo, tal persona dejaría de ser “ella misma”, o por lo menos dejaría de serlo de forma consciente y espiritual (conservando únicamente su identidad física). Una persona que padeciera tal especie de amnesia severa correría el grave peligro de “alterarse” y de “alienarse” (tal vez sea oportuno recordar que ambos conceptos, en definitiva, aluden a la experiencia de “dejar de ser uno mismo” para “convertirse en otra persona” alter, o “en otra cosa” aliud).

Es probable que hayamos conocido personas, tal vez dentro de nuestra propia familia, que padecen trastornos de la memoria; creo que es universal la experiencia de que tales enfermedades nos hacen sentir, “como si estuviéramos ante una persona distinta de la que siempre habíamos conocido”; y la persona afectada, frecuentemente se manifiesta como insegura de sí misma y en todo caso sin una visión clara de “hacia donde se dirige”.

Lo que decimos respecto al individuo, se aplica análogamente a cualquier tipo de comunidad humana. En la medida en que esa comunidad “pierde su memoria” se vuelve más frágil, menos auto-conciente e incapaz, por lo tanto de planear el rumbo que pretende seguir. Nada puede aprovecharle, ni las experiencias positivas ni las negativas. Una vez más se cumple aquí el viejo aforismo latino: “ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. Por el contrario, en la medida en que una comunidad es más consciente de su pasado, con sus aciertos y desaciertos, con sus momentos dolorosos y gozosos, es tanto más “dueña de sí misma”, es dueña de su presente y también de su porvenir; puede “proyectar” y “proyectarse” hacia el futuro, porque es consciente de sus posibilidades y límites; sabe qué decisiones la han llevado a opciones acertadas y cuáles han terminado en resonantes fracasos.

No en vano, y esto es históricamente demostrable, cuando un pueblo pretende dominar a otro, si quiere hacerlo de un modo eficaz, lo primero que procura es hacer olvidar su historia, sus tradiciones y su “modo de ser” a la nación a la que pretende sojuzgar. Un pueblo que olvida su historia ya esta prácticamente derrotado. Considerada pues como “memoria social”, la historia es lo que les permite a los grupos humanos seguir siendo ellos mismos sin “alterarse”; es decir, sin convertirse en otra cosa distinta de lo que son, ni de perder la razón por la cual nacieron.

Más aún, cuanto más concientes somos de nuestro pasado, tanto mejor podemos comprender y analizar nuestro presente, y, como hemos dicho, con mayores posibilidades de acierto podemos planear nuestro futuro. El conocimiento de nuestra historia no tiene por finalidad invitarnos a asumir una actitud “nostálgica”, ni a permanecer anclados en el pasado; sino que es la condición necesaria para poder “cambiar” sin dejar de ser nosotros mismos.

Desde este punto de vista podemos comprender la frase de Cicerón quien define a la historia como “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de vida, heraldo del pasado”.

 

¿Por qué hacer historia? Presupuestos teológico-espirituales

            Si a partir de una consideración de tipo más sociológica pasamos a considerar a la historia desde una óptica más “teológica”, nuestro análisis crecerá en profundidad.

            Para nosotros, los cristianos, el Dios de la Biblia no es un Dios que se rebela en el “mito”, sino en la historia. Los “hechos” que nos suceden como personas, como Institución y como Pueblo de Dios, junto con sus “palabras” son el “medio” a través del cual Dios nos rebela su designio y se nos “rebela a sí mismo”; no en vano denominamos a la historia del Pueblo de Israel y a la historia de la Iglesia  como “Historia de Salvación”. Ahora bien, nosotros, como Acción Católica somos una porción de ese Pueblo Santo y somos protagonistas de un segmento, breve –si lo comparamos con la historia total del Pueblo de Dios– pero no por eso intrascendente, ya que es el nuestro. Es “nuestra historia” aquella que nos permitirá descubrir a un Dios que ha planeado nuestra existencia desde toda la eternidad, que con amor nos ha hecho surgir en el seno de la Iglesia, que nos ha dado una específica “vocación”, y que, por lo tanto, nos ha confiado una misión concreta.

            Dando un paso más, no debemos olvidar que la Acción Católica es una parte de la Iglesia. Tomando pie en las imágenes bíblicas que la Iglesia nos presenta para hablar de sí misma en el capítulo I de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, querría señalar que muchas de ellas pretenden hacernos tomar conciencia de la estrecha unión que existe entre Cristo y la Iglesia. “Apropiándonos” de esas imágenes, nosotros podemos decir que las mismas también nos hablan de la relación existente entre la Acción Católica –en cuanto parte de la Iglesia– y Cristo, su Señor. La Acción Católica es parte de ese Rebaño que es la Iglesia, cuyo Buen Pastor es Cristo, es una parcela  del campo del Señor, es una cepa fructuosa de la viña elegida por Dios; en esa viña nuestra relación con el Señor es la misma que existe entre la vid y los sarmientos, para usar la analogía joánica, o si usamos la comparación de San Pablo, la Acción Católica es uno de los miembros del Cuerpo de Cristo del cual el Señor es la Cabeza. Todas estas imágenes subrayan la íntima comunión que existe entre Cristo y nosotros como individuos y como Iglesia; y también la comunión que existe entre Cristo y nosotros como miembros de una misma Acción Católica, que es nuestro modo concreto de ser Iglesia. Manifiestan también el cuidado y el celo amoroso con el que Dios nos construye y nos protege cada día.

Considerada bajo este enfoque, la historia, nuestra historia, adquiere una nueva dimensión: Si la  Iglesia es el Cuerpo de Cristo que atraviesa “historia” humana sembrando el Evangelio, y la Acción Católica es parte de ese Cuerpo de Cristo, tomar conciencia de nuestro pasado institucional, de las acciones de los hombres y mujeres que lo forjaron, no es otra cosa que adentrarnos en el misterio del paso de Cristo a través de los tiempos y lugares.

Retomando nuestra línea de pensamiento, podemos también realizar una comprensión espiritual de los momentos más luminosos y de los más dolorosos de nuestro pasado y de nuestro presente. Luces y sombras, pecado y gracia son, para nosotros, experiencias del Gólgota y del Tabor. Toda nuestra historia como Institución queda así recogida y redimida en la Encarnación, la Cruz y la Resurrección del Señor.

Desde esta óptica, pues, es que debemos analizar a continuación los “hechos” y “circunstancias” tanto sociales como eclesiales que sirvieron como marco al nacimiento de la Acción Católica. Vamos a comenzar analizando el pasado de la Institución en su contexto socio-religioso mundial para abrirnos luego a la consideración de la historia de la Acción Católica Argentina (tarea que, como he dicho más arriba, desarrollará el P. Luis Casella).

 

El Pontificado de Pío XI y el nacimiento de la Acción Católica

El nacimiento de la Acción Católica como institución eclesial a escala internacional está intrínsecamente ligada a la figura, al Pontificado y a las directrices dadas por el Papa Pío XI (1922-1939).

No pretendo trazar ni siquiera de forma sumaria una biografía de Aquiles Ratti -futuro Pío XI- ni tampoco reseñar su Pontificado; tarea que excedería el propósito de este artículo.

No obstante, creo que no puedo dejar de aludir a la situación socio-religiosa en la cual el Papa tomó la decisión de crear u organizar la Acción Católica.

Es oportuno comenzar mencionando la Carta Encíclica Ubi Arcano (1922) de Pío XI. Esta Encíclica, es fundamental para nuestra historia al menos por dos motivos; por una parte por ser el documento con el cual el Papa organiza a nivel universal la Acción Católica, y por otra, porque al ser la primera Encíclica del Papa, y, por lo tanto, es lo que podríamos llamar el “documento programático” de su Pontificado.

Si leemos con atención el texto de la Ubi Arcano, percibimos que el Papa la escribe en un momento de particular tensión para el mundo. El Pontífice alude a que “nadie hay que ignore que ni para los hombres en particular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de una guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquilidad activa y fructuosa que todos desean”; el Papa señala también  que lo sucedido ocasiona que “los odios y las mutuas ofensas entre los diversos Estados no den tregua a los pueblos, ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y vencedores sino entre las mismas naciones vencedoras”. Más específicamente, Pío XI señala el constante “temor de nuevas guerras y más espantosas”, “las discordias intestinas”, las “luchas de clases”, “luchas de partido”, la “disgregación de las familias”, el aumento de “los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden”. El Papa resume el estado de cosas con una frase dolorosa y apremiante: “En vez, pues, de la confianza y la seguridad reinan la congojosa incertidumbre y el temor”.

Podríamos preguntarnos si la descripción antecedente responde a la realidad o es fruto de una convención retórica. A esta pregunta, y desde una perspectiva estrictamente histórica, deberíamos responder que el panorama trazado por Pío XI es una precisa descripción de la situación en que se hallaban sumidas Europa y buena parte del mundo. No podemos describir todos los fenómenos que ayudaron a trazar ese cuadro pero al menos recordemos algunos:

Entre 1914 y 1918 se produjo la Segunda Guerra Mundial que, de una forma u otra, afectó a la mayoría de las naciones europeas, a sus colonias y a los Estados Unidos de América. La guerra y sus nefastas consecuencias afectaron gravemente el Pontificado de su inmediato antecesor, el Papa Benedicto XV (1914-1922), el cual coincide sustancialmente con el conflicto bélico, y al desarrollo normal de la vida eclesial.

El período durante el cual le tocó a Pío XI ocupar la Sede de Pedro coincide con un estado de empobrecimiento de muchas naciones; a todos los países que participaron del conflicto los afectó la destrucción ocasionada por la Primera Gran Guerra; para algunas naciones (un caso paradigmático fue el de Alemania) fueron determinantes  las fortísimas “reparaciones de guerra” a las que fueron sometidas.

Este estado de desequilibrio político y social fue el caldo de cultivo adecuado para el desarrollo de movimientos de tipo nacionalista y que, frecuentemente con orientaciones opuestas (de extrema derecha o de extrema izquierda), cultivaron una actitud totalitaria, xenófoba, racista, autoritaria y belicista; recordemos P. Ej. el nacionalsocialismo alemán, el fascismo italiano, el totalitarismo staliniano, la expansión de L’Action Française, el “imperialismo” japonés, etc. El mundo se fue convirtiendo poco a poco en un polvorín que presagiaba el estallido de un nuevo conflicto.

La guerra trajo consigo la total convulsión de los esquemas de convivencia social y familiar hasta entonces vigentes. En muchos lugares se adoptaron posturas manipuladoras o francamente hostiles hacia la Iglesia en general, y hacia el clero en particular.

La Iglesia tuvo que moverse dentro de este marco socio-cultural que dificultó inmensamente el normal desarrollo de sus tareas pastorales, cuando Pío XI fue elegido para la Sede de Pedro se encontró con un mundo material y moralmente en ruinas. A los ojos del Pontífice, se imponía la necesidad de una reconstrucción moral y religiosa que asegurase una pacífica convivencia entre los pueblos y crease un ambiente propicio para la recuperación social y económica de las naciones.

Pío XI  era consciente de la insuficiencia de las estructuras eclesiales hasta entonces existentes (excesivamente centradas en la acción del clero) para alcanzar tal reconstrucción moral y religiosa; y por su propia experiencia como sacerdote, diplomático y luego Arzobispo de Milán tenía una viva experiencia  del influjo determinante que la acción coordinada del laicado podía tener en la deseada reconstrucción espiritual del mundo. Sólo con la colaboración entre los pastores y un laicado fuerte, formado y coordinado podía lograrse una acción eclesial eficaz.

Por eso, no es de extrañar que ya como Arzobispo de Milán  recomendase al episcopado lombardo la implantación de la Acción Católica. Tampoco sorprende, pues, que en su primera y “programática” Encíclica volviera a proponerla ahora a nivel mundial.

La creación u organización de la Acción Católica fue un signo de vitalidad dentro de la Iglesia y marcó una inflexión en la participación del laicado en las tareas de evangelización. Hasta el pontificado de Pío XI los laicos católicos, en lo que se refiere a apostolado, eran considerados como “auxiliares” del clero. Al idear la Acción Católica, el Papa, miraba a los laicos organizados, como una especie de “punta de lanza” o de “avanzada evangelizadora” en un mundo descristianizado, cuyas estructuras temporales había que volver a impregnar con el espíritu del Evangelio.

Bajo sus predecesores se llamaba “Acción Católica” al conjunto de asociaciones sociales católicas; ahora el Papa quiere una acción organizada en la que los laicos no se considerasen como “auxiliares” del clero en el apostolado, sino como “participantes del apostolado jerárquico”. Pío XI habla de la Acción católica como “el conjunto de instituciones, programas y obras [de los católicos]” que luchan pro aris et focis” y manifiesta serle “muy estimada”.

Por otra parte, la creación de la Acción Católica significó un inmenso avance en la historia de la espiritualidad, toda vez que ayudó a tomar conciencia de la posibilidad de cultivar una piedad auténticamente laical, poniendo de relieve, P. Ej., la relevancia de la vida conyugal y familiar, y el valor de la lucha por instaurar en la sociedad el Reinado de Cristo; se tomó conciencia de que no era necesario para los laicos el adoptar formas de piedad propias de monjes para alcanzar la santidad.

            El Papa no se limitó a promover la Acción Católica sino que con firmeza protegió sus estatutos y funcionamiento a través de los diferentes concordatos y acompañó su creación en los diferentes países a través de gran cantidad de documentos. Por dar sólo un ejemplo, citemos el apoyo y aprobación que con su Carta Vos Argentinae Episcopos  Pío XI dio a los obispos de nuestro país, cuando decidieron promover la creación de la Acción Católica Argentina y delinearon lo que sería su estructura esencial. Pero, como he indicado más arriba, la reseña sobre la historia de la Institución en nuestro país será objeto de otro trabajo.

 

 

 

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